lunes, 19 de febrero de 2018

¿Profesionalizamos la relación de ayuda?

Barco "Mama Linh" en la Bahía de Nha Trang (Vietnam, 2001). Los artistas de la foto eran, a la vez, animadores, marineros, cocineros y baristas en el floating-bar: un modelo de polivalencia y voluntarismo total (Foto: Núria Fustier)

El voluntarismo es un valor, pero en determinadas situaciones las personas requieren que sean profesionales formadas y expertas quienes les proporcionen apoyo y ayuda.


Aportaciones de compañer@s blogueros han abordado el tema de la intervención profesional, desde distintas perspectivas: de "hacer trabajo social" como lo llama Belén Navarro en una de sus últimas entradas (aquí) o de la "relación de ayuda", como lo denominaba Pedro Celiméndiz hace ya algún tiempo (link) y ello me lleva a reflexionar sobre la valoración de la relación de ayuda y su profesionalización.

Reflexionaba Belén sobre la capacitación para "hacer trabajo social", sobre la adquisición de competencias más allá de la formación inicial en la universidad. Y Pedro aborda un tema muy relacionado con hacer trabajo social, en concreto con hacer trabajo social desde Servicios Sociales. Se refería a esa disyuntiva en la que están los servicios sociales en cuanto a definir su objeto y la función principal: la relación de ayuda o la gestión de prestaciones, y lo que ello significa.

Soy de las que aboga por centrar la función de los servicios sociales en la relación de ayuda, porque esa función es la que requiere realmente de una actividad profesional. Desde mi perspectiva, el desarrollo de los servicios sociales, incluso diría: su supervivencia, tiene que ver con la capacidad que tengamos l@s profesionales de generar un conocimiento experto a la par que desarrollar las habilidades, capacidades y técnicas que nos permitan la relación de ayuda.

Una situación habitual a lo largo de la práctica profesional, también compartida por otr@s compañer@s, es aquella en la que prácticamente cualquier persona (desde l@s propi@s responsables políticos, que no suelen tener formación en ninguna de las profesiones de los servicios sociales, a entidades, asociaciones y plataformas diversas) se permite el lujo de afirmar que l@s profesionales realizan su trabajo incorrectamente, se permiten corregir, indicar y sancionar qué deberíamos hacer l@s profesionales.

Puedo comprender que la gente considere que un sistema no funciona correctamente, que no da respuesta a todas las necesidades que tiene una determinada población; lo que ya no comparto es que la denuncia se centre en los profesionales y en los sistemas. Llevamos años viendo movilizaciones por la sanidad pública, reivindicando mayores recursos: ¿porqué nunca vemos esas mismas movilizaciones a favor de los servicios sociales y de otras políticas públicas? O, incluso cuando existen, ¿porqué van acompañadas de cuestionamientos a l@s profesionales ninguneando su trabajo?

Pienso que el tema está en el concepto "relación de ayuda": la "ayuda" es un concepto común, todo el mundo ayuda: en casa, a vecin@s, a compañer@s de trabajo, a desconocid@s en la calle… Pero una cosa es esa ayuda, general, no especializada, propia de la solidaridad y del cuidado entre iguales, de una ayuda profesional, experta.

Quizás no es sólo un tema de lenguaje, probablemente sólo es un elemento más, pero pienso que tiene que ver, en parte, con la desvalorización de la relación profesional de ayuda, que es vista como algo que cualquiera puede hacer y no se reconoce la diferencia con la ayuda profesional. 

Otras profesiones han optado por utilizar, desde inicio, un lenguaje que las diferencie de las actividades que las personas podemos realizar en nuestro ámbito privado, pero desde los servicios sociales y desde las profesiones que conforman en sistema hemos tenido una cierta alergia, por llamarlo de alguna manera, al uso de algunas palabras que nos parece que nos llevan a otras profesiones: diagnóstico, terapéutico… Olvidándonos, al parecer, del origen de las palabras ("conocer a través de" en el caso de diagnóstico o "tratamiento" para terapéutico) y de su uso por las más variadas profesiones y oficios. 

Insisto que la palabra no lo hace todo, pero contribuye a crear una imagen, un relato. Dice Burr (1997, p. 18) que "el lenguaje no puede ser únicamente un medio de expresión. […] hablar equivale a construir el mundo, y hacer uso del lenguaje puede considerarse, consecuentemente, como una forma de acción." Es lo que el construccionismo social ha llamado la "función 'agente' del lenguaje", la capacidad del lenguaje de construir, no solo de representar.

Pero, volviendo a la propuesta de Belén, no nos olvidemos de desarrollar el marco teórico y tecnológico (entendido como la aplicación de la teoría a la práctica) para sustentar ese lenguaje propio: un lenguaje especializado ha de servir para mejorar la manera de hacer trabajo social (o educación social, en su caso), para diferenciar la especificidad de la ayuda de l@s profesionales de la del resto, al mismo tiempo que ha de permitir la relación con las personas, la relación de ayuda sin crear distancias artificiosas (vaya, que las personas nos han de entender, por decirlo claro). Porque solo el uso de un lenguaje sin fundamentarlo, sin desarrollarlo, solo por diferenciarnos no nos va a hacer mejores profesionales.

Así pues, reivindiquemos nuestra función terapéutica en el marco de los servicios sociales: nuestra aportación como profesionales con nuestros saberes y nuestras técnicas acompañando a las personas en su camino. Y revaloricemos, desde nosotr@s mismas ese rol de ayuda profesional: desarrollándolo, creciendo.



Bibliografía:
Burr, V (1997). Introducció al construccionisme social. Barcelona: Edicions Proa


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